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Covid-19

Salud Ana Lucía Olmos Álvarez
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En enero 2020, los medios de comunicación anunciaban noticias de un nuevo coronavirus identificado en Wuhan. Unos días después, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaraba el brote como Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII). Esta disposición llevó a que una misión OMS viaje a China para indagar in situ sobre este virus, entrevistando a funcionarios y personal de salud y científicos (https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/question-and-answers-hub/q-a-detail/coronavirus-disease-covid-19). Sus resultados serán conocidos en las próximas semanas en medio de un debate geopolítico y campañas de desinformación del problema. 

A pesar de la severidad de estos datos, el virus y su localización parecían realidades lejanas a Argentina. Con el inicio de marzo 2020, las alarmas en Latinoamérica comenzaron a sonar y el tiempo se aceleró intempestivamente. En el tercer día del mes el Ministerio de Salud argentino confirma el primer positivo de un ciudadano que regresaba de un viaje por Europa. Los eventos que sucedieron transformaron al “Coronavirus” en una realidad no solo global sino también local y acuciante. El 11 de marzo, la OMS, preocupada por los niveles de transmisibilidad y gravedad de la enfermedad, con más de 118.000 personas infectadas y cerca de 4.300 muertes en 110 países, le asigna al brote del coronavirus el status de pandemia. Nuestras vidas se marcaron como un parteaguas: el tiempo Antes Pandemia y un Durante Pandemia en loop constante.

Más allá de cualquier cálculo, en Argentina el viernes 13 de marzo de 2020 sería fatídico: a dos semanas de iniciadas las clases, ese día fue el último de presencialidad escolar en sus diferentes niveles. Finalmente, el 19 de marzo por cadena nacional, el presidente Alberto Fernández anunciaba la implementación de las primeras medidas para hacer frente a la emergencia sociosanitaria: el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) que, en principio, abarcaría dos semanas. El ASPO reguló la vida en el territorio nacional hasta principios de noviembre 2020 cuando inició el Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (DISPO). Barbijos, distancia, alcohol en gel, burbujas, saludos por choque de puños o codos, modelaron la normalidad excepcional a partir de la cual se reorganizaba poco a poco la vida. 

Así, el avance de la pandemia expuso a la sociedad a situaciones inéditas debido a los desafíos de enfrentarse a una enfermedad cuyo conocimiento avanzaba conforme lo hacían las tasas de contagios y muertes. Para gestionarlas, se requirió de acciones múltiples y coordinadas desde las políticas públicas en general y de las sanitarias en particular. Mientras se desarrollaba el ASPO durante 2020, la instalación del DISPO aún vigente y se equipaba el sistema sanitario para evitar su eventual colapso, comenzaba a tomar fuerza una necesidad que señalaría el rumbo a futuro: las vacunas. 

A diferencia de otras gestiones para controlar la pandemia, el acceso a este bien posicionó al Argentina en un escenario mundial de competencia voraz entre estados y compañías farmacéuticas dada la demanda global y la escasez del recurso. La compra se cargaba también con el plus de deseos y expectativas de la población de poder recuperar (algo de) la vida Antes Pandemia o construir la tan mentada “nueva normalidad”: con las vacunas podíamos llegar a tocar con la punta de los dedos la Pos Pandemia, aquel estadio añorado a futuro. En este sentido, el país fue receptivo a la realización de ensayos de diversas vacunas con el objetivo de obtener prioridad en la compra una vez aprobadas las inoculaciones. 

El 9 de diciembre de 2020 se firmó el acuerdo con la Federación Rusa para obtener 20 millones de dosis de la vacuna Sputnik-V. Desarrollada por el Centro Nacional Gamaleya de Epidemiología y Microbiología es la primera vacuna registrada internacionalmente contra el coronavirus del SARS-COV-2. El primer cargamento llegaría dos semanas después y el flujo de, en promedio, 300 mil dosis por viaje (aproximadamente cada dos semanas) nutriría los esfuerzos para la ansiada inmunización de la población de Argentina, focalizando en los trabajadores de la salud. Sin embargo, la cantidad de dosis recibidas al día de hoy dista de lo acordado. La demanda internacional presiona sobre la capacidad de producción posponiendo planes y alimentando desconfianzas y discursos conspirativos.

Hacia mediados de febrero de 2021 arribaron dosis de la vacuna Covishield, de la Universidad de Oxford y el laboratorio AstraZeneca, fabricada en el Serum Institute de India. El 26 y 28 de febrero aterrizaron en el aeropuerto de Ezeiza dos vuelos con un millón de dosis provenientes de China. Dado el cumplimiento del acuerdo entre el gobierno nacional y la Corporación Grupo Farmacéutico Nacional Chino (Sinopharm), en el primer aniversario del status pandémico del COVID, el 11 de marzo, se celebró un nuevo contrato para la compra de 3 millones de dosis esperadas para las próximas semanas. La Sinopharm tiene un alto nivel de eficacia y la ventaja de requerir conservación entre 2 y 8 grados Celsius lo cual facilita su almacenamiento y distribución.

Con la llegada de las vacunas Covishield y Sinopharm, en todo el país comenzaron las clases presenciales con protocolos de acuerdo a la realidad epidemiológica de cada jurisdicción. Después del atípico ciclo lectivo anterior caracterizado por una virtualización forzada, la comunidad educativa decía presente en los establecimientos que reabrían sus puertas. Junto a la alegría de palpar que el Durante Pandemia podía ser superado porque el sistema educativo adquiría una forma nueva y viable, los miedos y la angustia ante un efecto dominó de contagios también dijeron presente.

La evaluación de la Sinopharm por la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) concluyó que este inmunizador era recomendado para personas menores de 60 años. Por este motivo, y dadas las edades de quienes integran las filas de los empleos estratégicos y por un acuerdo con los gremios docentes, la mayoría de las jurisdicciones del país destinaron la vacuna china a los trabajadores de la educación. De manera que un halo de esperanza y confianza envolvía al vínculo creado entre esta vacuna y una de las instituciones pilares de nuestra sociedad. 

El desarrollo chino posibilitó la investigación, creación y producción de tres vacunas. En distintas fases de prueba, junto a la de Sinopharm existen la CoronaVac-Sinovac Biotech y la Convidecia-Cansino Biologics-Instituto de Biotecnología de Pekín.

Sin embargo, en la actualidad, muchas narrativas xenófobas crean pánicos a través de la asociación discursiva entre China y la actual pandemia. Por este motivo, organismos internacionales advirtieron respecto al aumento de crímenes de odio, muestras de racismo y xenofobia a miembros de comunidades chinas y personas de rasgos asiáticos. Acciones alentadas -directa o indirectamente- por políticos, funcionarios, medios de comunicación y redes sociales que, buscando chivos expiatorios y fomentando el miedo, alzan una retórica antichina. De manera que, coincidiendo con el pedido del Secretario general de la ONU, la gestión de la pandemia debe incluir planes de acción para inmunizar a las sociedades contra el virus del odio.

A un año del inicio de la pandemia, con las vacunas ya aplicadas, contratos firmados y con expectativa de ser cumplidos, el camino hacia la Pos Pandemia se torna más tangible. El halo de esperanza, basado en la confianza de las pruebas científicas, se extiende como una red para cobijarnos.

Doctora en Antropología Social.Docente Regular e Investigadora en UNDAV-CONICET

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