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Relato de un papá argentino: "De la mano de mi hija, China entró a mi hogar"

En esta crónica, un argentino decide llevar a su niña a aprender mandarín en una escuela pública de la ciudad de Buenos Aires y nos cuenta su fascinante experiencia.

Educación Pablo Nemiña
pinceladas

 ¡Nĭ hăo! dijo Carolina, con su vocecita fresca como un trino.

 ¡Nĭ hăo! exclamó muy sorprendida y risueña la cajera, una señora china de unos treinta y cinco años.

Mientras yo acomodaba la compra sobre el mostrador del supermercado y la empleada la registraba, Carolina sonrió de oreja a oreja y comenzó a explicarle con su locuacidad siempre lista, que ella estudia chino en la escuela primaria del barrio en la que acaba de ingresar. La señora reía y reía, confundida entre tanto palabrerío entusiasta. Entonces me presenté como el papá de Carolina, y expliqué que la nena recién había aprendido a decir “hola” y “chau” en su escuela, pero que era la primera vez que usaba las palabras fuera de casa. La señora me escuchó encantada y cuando por fin Carolina le dijo ¡Zài jiàn!, le respondió lo mismo y le regaló unos caramelos.

Caro caminaba sonriente, enarbolando sus dulces como una pancarta, entre sorprendida y orgullosa por haber podido comunicarse en chino con la cajera del súper. Esta señora, a su vez, nos miraba marchar con la expresión complacida de quien ha establecido, con unos clientes, una comunicación distinta de la habitual. Y yo me sentía orgulloso de Carolina, emocionado de haber compartido con ella esa escena breve pero tan significativa, de integración a través del lenguaje.

Primer suceso de una larga serie que ocurre a medida que Caro avanza en la escuela, pequeños desafíos cotidianos, sutiles invitaciones a la deconstrucción de modelos y a conocer mejor una cultura casi desconocida por mí hasta ahora.

Durante mi niñez, mis padres, simpatizantes del campo nacional y popular, tenían colgadas en casa una foto de Evita, otra de Fidel Castro y una tercera de Mao Tsé Tung. Un día, poco tiempo atrás, Carolina trajo un retrato hermoso del “Camarada Mao Zedong” hecho por ella, como cierre de una campaña de evocación del dirigente y su obra. Ahora, ese cuadro cuelga en nuestra casa.

A partir de sus seis años, Caro me supera en el dominio del idioma. Entonces, ¿cómo compartir la emoción de que mi hijita empiece a precederme en algo, de alguna manera, sin parecer un padre presumido o exageradamente analizado? Y ¿cómo acompañar en el aprendizaje a una hija que sabe más del tema que yo?

En este proceso, compré y apliqué con mucho entusiasmo un libro de comidas típicas chinas: Caro las aceptó encantada, pero Santi, su hermano menor, ¡ni hablar! Veremos, todavía le falta casi un año para comenzar a aprender chino. También leí las novelas policiales de Qiu Xiaolong, que me evocó, en algunos aspectos, a las del griego Petros Markaris, llevé a los chicos a visitar el barrio chino de Belgrano ya sea para comprar productos típicos, tomar el té a la manera china o participar de los festejos del año nuevo. Y párrafo aparte para la Fiesta del Bote del Dragón, que se celebra en la escuela y en la que las familias participamos casi con más pasión y alegría que los chicos.

Santi acaba de cumplir cuatro años. Fui con Caro a la casa de cotillón, un negocio chino con una dependiente ídem. Quise saber si tenían los globos para representar la edad. ¿Cuántos años?, preguntó la vendedora ¡y Caro y yo respondimos a coro sì! Entre risas, la empleada, joven y simpática, quiso saber hasta cuánto sabe contar la nena en chino, así que, mientras Caro empezó con fervor a enunciar los números, yo los repetía mentalmente y, sorpresa, Santi se quedó mirándola embobado, ¡se olvidó de revolver entre los juguetes del negocio!

Estas primeras pinceladas del aprendizaje de chino por parte de mi hija, anticipan una paleta plena de diversidad, matices y sorpresas con los que enriqueceremos nuestra vida cotidiana, quién sabe cuánto o hasta dónde.

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