
La historia de Sophie, la argenchina cool que armó su vida en Buenos Aires

Hay una manera de vivir que es una manera de viajar, que es una manera de trabajar, estudiar, comunicarse, y tiene que ver con convertir el dolor en otra cosa. No, no le sale a casi nadie. Es un error, una contractura, la diferencia en algo, en alguien, un modo de absorber los privilegios, tiempo sobre las cosas... Sophie tiene eso, un modo de ir a los mismos lugares antiguos por caminos nuevos.
Primero iba a llamarse Susie y luego Rosie. Pero, advertida de la posibilidad de cambiarse el nombre por otro más juvenil, aceptó llamarse Sofi con una “phie” que nadie sabe bien de dónde salió. En vidas migrantes, algo tan alto y hondo como "llamar a las cosas por su nombre" no existe. Todo se nombra tarde, después, menos mal, desnivelado. Afortunadamente para Sofi, que su nombre llegara a los trece no fue a destiempo.
Resolvió su falta de lenguaje de la manera más china, y acaso también más humana que hay, con y para otros. Prestando cosas en la escuela, ayudando a sus hermanos, riendo desde los ojos hasta el mentón, por el flequillo y los dientes ante todo adulto serio... Le fueron dados mimos, escucha, paciencia, compañía, pistas, señales...
Hermana mayor de un entrañable nerd y un goloso tímido, hizo de su camino incierto grupos, pares, archipiélago, cardumen, flota, constelación, enjambre, racimo, tropa, y al final llegó el vocabulario. Todo bien, dice cien de cien veces, y sonríe con la cara de la niña chinísima que fue antes de ser del mundo. “Aprendí mucho, tuve suerte, dibujo, como rico, voy a la universidad, cuando se podía viajé, conocí países increíbles, Argentina es hermosa, es un montón lo que me pasa lindo”, dice.
Por supuesto que tuvo dificultades y debe haber odiado y amado el diccionario, que es un modo cruel pero real por el que muchos llegan a nuestro idioma, pero vio en lo partido, lo roto, lo que falta, posibilidad... De llenar, de elegir, de ser en función de otros y no tan yo yo. Lo vio mezclándose entre oriente y occidente desde sus mejores mitades. El peso sobre el individuo, reposar en la red familiar, insistir de este a oeste y de norte a sur.
Entendió a una edad justa que con lo que hay se pueden hacer cosas interesantes, aunque lo que hay duela o no alcance, y con lo que no hay también. La última vez que la vi me dijo que iba a estudiar publicidad 广告学, me pareció un juego hermoso de la vida que alguien tan claro y brillante como ella se propusiera trabajar para convencer a otros. Le vamos a compraaaar toooodoooo lo que vendaaaa.
Termino de escribir esto mirando una serie coreana llamada Itaewon Class, que cuenta un poco cómo crece un grupo de jóvenes de distintos grupos familiares. En un punto los jóvenes son copia de sus padres, siguen su ejemplo o hábitos; en otro punto aprenden solos a entrar al mundo adulto. Enseñarse a vivir les da mucha libertad y los rompe como un jarrón de porcelana que cae al suelo. Se juntan los pedazos entre todos y se los pegan para seguir. Muchas familias, muchas vidas son eso, un jarrón antiguo y preciado de porcelana que estalla contra el suelo, y todos reparan juntos en silencio con la calma de hacer algo con eso, de intentarlo. El jarrón no es más que eso, es la imagen de la familia juntando los pedazos y pegándolos antes de cenar, una forma antigua en una cosa nueva, como Sofi, como todas las argenchinas y argenchinos que parecen de cien años pero tienen diecisiete, dieciocho... Como los chicos de la clase de Itaewon.
En el juego del Weiqi围棋 hay un modo de sobrevivir que implica "hacer ojos". Los ojos son espacios libres de un grupo de piedras blancas o negras que, como las libertades externas, previenen que un grupo sea capturado, pero a diferencia de las libertades externas son mucho más difíciles de llenar por un oponente. Sofi sabe hacer ojos, en su tablero hay libertades internas y externas intocables. Como le gusta decir, es un montón.


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