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Manu y Vicky

Puentes Lucia Fernández
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Relato sobre cómo es llegar a trabajar a Argentina a los veinte años sin saber hablar español

Una pareja de 19 y 20 años llegó a atender el supermercado de su tía en Buenos Aires. Ellos venían del interior de Fujian y no hablaban castellano. Se llaman Sueño Bonito y Guardián del Atardecer, y en Argentina les pusieron Liliana y Roberto. Lo primero que hice fue cambiarles los nombres, ustedes son Manu y Vicky, les dije cuando aprendíamos el alfabeto. Lo escribieron prolijito y aprovechamos a entender la Y. Temblaban agarraditos de la mano mientras estudiaban. No se soltaban ni para hacer la tarea. Manu es un galán antiguo y espigado como el trigo. Vicky es tímida, pero tiene un oído y una dicción perfecta. 

Avanzamos a buen ritmo hasta la difícil tarea de conjugar verbos. Acordamos sumar vocabulario usando a los clientes de profes. ¿Cómo se dice? ¿Esto es yerba? ¿Qué busca? ¿Le puedo ayudar? El objetivo era aprender palabras nuevas y oír otras voces, además de la mía. A la semana Vicky decía: pan, queso, salame, jamón y dulce de membrillo. Me impresionaba verlos mansos a la hora de aprender todo de nuevo y, en cierto modo, sorprendidos porque el entorno era absolutamente diferente y, a veces, hostil. Años antes había realizado el mismo recorrido: las primeras palabras que aprendí en China habían sido arroz, huevo, agua fría y té. Aunque me hubiera gustado saber la palabra “picante”, tal vez más útil.

Ellos estudiaban mucho y trabajaban aún más. La primera frase de Manu, a la segunda semana, fue: en Argentina comen mucho pan, y Vicky agregó, con jamón y queso. Reímos. 

Para usar los adjetivos los hice describirse. Debe ser extrañísimo decirse esas cosas en otro idioma. Recuerdo que un amigo me contó que decía “te amo” en francés porque en castellano no le salía. 

Manu escribió: Vicky es tranquila, linda y suave. Vicky puso: Manu es amable, gracioso y no fumador. Admiré el amor que se tenían, que además de amor era una suerte de pacto de cuidado y cariño que se les notaba en la mirada de no me dejes nunca. 

Al mes supe que eran papás de un baobei  (bebé) bellísimo llamado Lucas. Manu lo paseaba por la vereda y Vicky lo alimentaba por turnos, como si eso fuera también parte del pacto. Ese día, comimos tortitas de luna con té y nos despedimos porque se mudaban a su propio negocio. Lucas ya era un gordito conversador y ellos cada día más argenchinos.

Si uno se lo permite, aprende de y con ellos a notar que a los veinte el idioma no sirve ni entra sin elementos culturales, a priorizar el tiempo presente para crecer, insistir, cuidar, corresponder, ser uno función de la familia y no al revés, a aceptar más al otro y batallar menos. Pero, sobre todo, a comprender que el conocimiento, la curiosidad y las ganas de estar bien en el mundo son materia corriente en una y otra parte del mapa. 

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